La Torre del Reloj de Almonacid de Zorita se alza como un centinela sobrio sobre el pueblo. Su origen se remonta a finales del siglo XVI, cuando el Concejo decidió dotarse de un reloj nuevo que regulase los riegos y marcase con claridad las horas de la vida comunal. En 1581 se acordó su construcción, y las primeras condiciones se firmaron con Miguel Domínguez el Mozo, cerrajero del lugar, a quien se pidió que el mecanismo funcionara “como los mejores de España”, dando incluso los cuartos. Tras largos trámites para elegir el solar y compensar a sus propietarios, la obra de la torre comenzó en 1589 y fue inaugurada en 1590 bajo el gobierno de don Juan de Céspedes, según recuerda la placa de piedra tallada en su muro de poniente, donde lucen con limpieza las armas de Castilla.
De sillar y sillarejo, la torre ha marcado durante siglos las horas y faenas de los vecinos, primero con campanas y hoy con su reloj y altavoces. Su silueta, visible desde lejos, identifica a Almonacid y acompaña la vida cotidiana desde lo alto de la Plaza Mayor.
A sus pies se abre este espacio luminoso y armonioso, con soportales tradicionales, jardines y la fuente central, generosa en su murmullo. El Ayuntamiento, construido en 1975 sobre el antiguo Pósito Municipal, mantiene la medida y el carácter del entorno. Alrededor se asoman casonas con arcos adovelados, escudos gastados y viejas trazas nobles que recuerdan el peso de la historia.
En uno de los bancos de la plaza descansa, convertido en bronce, León Felipe, el poeta que aquí descubrió su voz. Llegó en 1919 para regentar la botica y, en la quietud del pueblo, escribió su primer verso, nacimiento de una vocación que ya no abandonaría. Siempre evocó Almonacid como un lugar claro y hospitalario, donde encontró silencio, amistad y un sol que decía irrepetible. Cada tarde, cuando ese mismo sol se refleja en la torre, quien la mira sabe bien que el poeta tenía razón.
Hoy, la torre, la plaza y la estatua dialogan entre sí, preservando la memoria de aquel año decisivo y ofreciendo al visitante un rincón sereno donde el tiempo parece detenerse.